El misterio del arte de cocinar

•Diciembre 23, 2009 • Dejar un comentario

Me he despertado esta mañana y me he dado cuenta que se nos acaba otro año y, no sé por qué, me he puesto a pensar en comida. Posiblemente porque en estas fechas (La Navidad, las reuniones familiares) es en una de las cosas en las que más pensamos, como si el resto del año tuviéramos que estar a dieta de las cosas ricas que nos apetecen, o tal vez, simplemente porque tenía hambre. Así que voy a aprovechar la coyuntura, para dejar una “sesuda” reflexión sobre un tema que siempre me ha intrigado y del que normalmente no se discute. O, al menos, yo no me entero.

Hablamos siempre de los grandes descubrimientos del hombre en su devenir desde la edad de piedra: la agricultura, la rueda, la aleación de metales, el arco de medio punto , etc, etc. Hasta hoy en día con los avances tecnológicos y la informática. Pero nunca, o casi nunca, veo y leo en lugares destacados nada sobre el mayor y más importante invento del hombre: la cocina (el arte de cocinar).

A ver, entiendo que los cerebros como Einstein, después de muchos estudios y pruebas, lleguen a conclusiones formidables y que todo el mundo reconozca su grandeza. Pero, me apena que queden en el anonimato cerebros que han influido en nuestras vidas mucho más de lo que ningún científico lo hizo jamás. Porque hay que ser un fenómeno para darse cuenta de que exprimiendo una aceituna conseguimos un líquido que calentado nos sirve para freír carne, huevos, etc. O que moliendo la cebada y tras un complicado proceso podemos conseguir cerveza. O que exprimiendo la uva y dejando fermentar el mosto, conseguiremos el “elixir por antonomasia”. O que ordeñando la cabra y tratando el producto conseguiremos un manjar como el queso.

Podría seguir todo el día y me faltarían horas para enumerar la cantidad de “descubrimientos culinarios”, pero creo que con la muestra basta. Más teniendo en cuenta que todos ellos se remontan a los albores de la historia y que, curiosamente, hoy en día se sigue el mismo proceso para su producción (no se ha descubierto otro mejor) , aplicando, eso si, una tecnología que nos facilita el control, pero básicamente el proceso es el mismo. ¡Grandes hombres aquellos!

Así que hagan, por favor, un homenaje, aunque sea pequeño, a esos desconocidos que nos han procurado tantos momentos de satisfacción. Brindo por ellos.

Feliz Navidad y que Ustedes lo coman y beban bien.

Despertares

•Junio 9, 2009 • Dejar un comentario

Suena el despertador: las 08:30. Lo maldigo y me lo imagino desintegrándose y esparciendo sus pequeños pedacitos por todo el universo. Salto de la cama (es un decir), entro en el cuarto de baño, me resbalo en la bañera y casi me mato. El agua sale ardiendo y no acierto con la mezcla de agua fría hasta pasado un buen rato, para entonces parezco un cangrejito cocido. Acabo de ducharme, me seco y me peino viéndome en el espejo a través de una tupida nube de vapor. Vuelvo al dormitorio y  me visto. En la cocina me preparo un café, lo pruebo, me abraso la lengua. Le pongo leche fría, se me va la mano. Vuelvo a probarlo, está helado. Lo tiro a la pila del fregadero. Recojo el portafolios y salgo de casa. Miro la hora: las 09:15. Maldigo otra vez, voy a perder el autobús. Acelero el paso, suerte que no hay mucha gente por la calle, dato que mi embotado cerebro no procesa correctamente. Por fin llego a la parada del autobús y me sorprendo al ver tan poco personal esperando el mismo. Le comento a una chica que está cerca de mi que hoy no pasaremos agobios para llegar al trabajo. Frunce el ceño, me mira con cara de no entender nada y responde: “Joder, macho, como no va a haber parados si algunos trabajáis hasta los domingos”. Intento decir algo, pero el único sonido que consigo articular es algo así como un ahogado “Ohh”. Procuro disimular, mientras interiormente me llamo de todo. Me tanteo los bolsillos, pongo cara de fastidio y con un hilo de voz, más para mi que para ella, farfullo que se me han olvidado las llaves de casa. Doy media vuelta e intentando que mi paso sea lo suficientemente firme como para no dar mucha pena, desando el camino a casa.

No vuelvo a beber un sábado por la noche.

Misterios caseros

•Abril 23, 2009 • 2 comentarios

Tengo la certeza de que vivimos en un mundo del que no entendemos absolutamente nada. Inventamos, o eso creemos, cantidad de artilugios que aparentemente nos ayudan a hacer la vida más fácil  (eso cuando no dedicamos todo nuestro ingenio ¿? a fabricar armas cada vez más potentes y sofisticadas). Qué ilusos.
Las casas, poco a poco, se están convirtiendo en refugio de decenas de aparatos que funcionan con energía eléctrica. Es decir, su sistema vital es el mismo, por lo que puede considerarse que pertenecen a la misma especie. Una especie que estamos haciendo evolucionar cada vez más: ordenadores que hacen multitud de tareas, frigoríficos inteligentes, placas de cocina autolimpiables, hornos que cocinan solos, etc. ¿No será que empiezan a tener vida propia? Si no, como explicar algunos sucesos.
Hay en casa una lavadora normal (comprada en una tienda normal y pagada, como ya es norma, mediante una operación electrónica con una tarjeta de banda magnética), o eso creía yo. Me explicaré:
Un par de veces a la semana abro la puerta de la lavadora, introduzco en el tambor la ropa que quiero lavar, la cierro y selecciono el programa adecuado. Hasta aquí sin problemas. Pulso el botón “start” (manía de poner todo en inglés, como si el castellano careciera de las palabras correspondientes) y comienza lo que se llama “ciclo de lavado”. También normal. Acaba el ciclo mencionado y empieza “el centrifugado”. Cuando acaba éste y la máquina parece que reposa en tranquila paz, vuelvo a abrir el tambor y comienzo a sacar la ropa previamente introducida hasta llegar a los calcetines. Y aquí empiezan los problemas: Si he puesto tres pares, es decir seis calcetines, encuentro cinco. Si he puesto ocho, encuentro siete. Siempre hay un par que se queda en la mitad. ¿Por qué?. No lo sé y por más que se lo pregunto a la lavadora, obtengo la callada por respuesta.
Modestamente creo que los hechos ocurren durante el “centrifugado”. Puede que se cree una especie de vórtice que se cobra, a modo de sacrificio o peaje, un calcetín por lavado, enviándolo, a través de sabe dios que extrañas dimensiones, a la morada de los calcetines centrifugados (¿serán más felices allí?). Pero me intriga una cosa: ¿por qué sólo se lleva calcetines?. Por qué no pantalones, o sábanas, o camisetas, o calzoncillos. No, siempre calcetines. Lo que me lleva a pensar que debe de existir una relación entre el centrifugado y los calcetines. Pero, ¿cual es la relación?, dónde está y en qué consiste. No lo he averiguado aun y como intuyo que no seré capaz de resolver el problema por mi mismo, a no ser que se me presente en sueños uno de los desaparecidos y me lo explique (cosa no descartable), he enviado al ITM (Instituto Tecnológico de Massachussets), que allí son muy listos, un “correo electrónico” en el que les explico el caso y les ruego encarecidamente que traten de buscarle una solución. Les he indicado, para que no haya errores, la marca y modelo de mi lavadora y me he puesto a su disposición, por si fuera menester, incluso para enviarles la mía propia.
Espero, y ruego por ello, que el mal no se contagie, porque imagínense ustedes al frigorífico tragándose mis yogures, o al horno quedándose con el muslo del pollo (que es lo que más me gusta), al microondas pulverizando cualquier cosa que pongas dentro, o a la televisión repitiendo constantemente conciertos de Alaska y Los Pegamoides (¡horror!). No quiero ni pensarlo.
Que tengan un buen día.

Será así

•Enero 20, 2009 • Dejar un comentario

Ayer tuve un pequeño problema en casa. Ya sé que va a sonar a guasa, pero así son las cosas.
Últimamente no me preocupo demasiado de colocar las estanterías del estudio con un orden determinado, simplemente sé en qué estante están los libros de informática, en cual los CDs y DVDs, en cual otro las novelas, etc. Pero no los coloco con un orden determinado dentro de los mismos como hacía antes. Esto provoca que, a veces, tarde más de la cuenta en encontrar algo, pero me da cierta sensación de libertad (liberación, más bien) y me agrada esa especie de caos dentro del orden. Reminiscencias de mi época hippy; o, al menos, eso me gusta creer.
Pero, parece ser, que a los diversos elementos que a la sazón se encuentran en dichas estanterías no les gusta mi nuevo modo de enfocar las cosas. Y esto parece molestarle principalmente a los CDs de música. Pienso, aunque no es más que una suposición, que al no estar ahora colocados por estilos y dentro de éstos por orden alfabético, algunos de ellos, sobretodo los clásicos de jazz, han empezado a sentirse molestos con sus adlateres y decidido que no está bien que los empareje con, valga como ejemplo, uno de Tom Jones. También he llegado a pensar, es otra posibilidad, que se sientan menospreciados por el hecho de que las pocas veces que los utilizo es para pasarlos al disco duro y convertirlos en MP3. Todo esto pensando con lo que a mi me parece la lógica más lógica, si se me permite la barbaridad de decirlo así. Pero claro…, vete tu a saber.
De todos modos ya había notado yo en más de una ocasión últimamente que cuando iba a sacar alguno de ellos para ponerlos en el reproductor o en el PC, me encontraba con algunos otros tirados (en posición horizontal) o, incluso, con la caja abierta y el CD propiamente dicho, asomando por la abertura. No le había dado demasiada importancia, pues como he dicho antes estoy en una etapa de, permitanme la palabreja (si es que existe), “deconstrucción” (como las tortillas de Adria Ferrá) y procuro no fijarme demasiado en minucias de ese tipo.
Sin embargo, lo de ayer lo habría notado aunque hubiera estado totalmente “deconstruido“. No se pueden imaginar el estrépito que se armó de repente. Yo me encontraba en la cocina comiéndome un buen trozo de tortilla de patata y cebolla ( totalmente construida, que es como a mi me gustan) cuando sonó un ruido sordo en el estudio. Algún libro que se ha caído, pensé. Y seguí dándole a la tortilla. No habían pasado treinta segundos cuando sonó otro golpe sordo y más fuerte que el anterior. La perra, conjeturé, se ha quedado encerrada y la está liando. Me levanté con la malsana intención de echarle una buena bronca al malcriado can y abrí la puerta del estudio. Lo que mis ojos vieron me dejó estupefacto: No había señal alguna de la perra, pero el suelo se encontraba lleno de libros que, al parecer, se habían caído de uno de los estantes. ¡Joder!, dije en voz alta, y me dirigí hacia ellos para recogerlos. Craso error. No había acabado de dar el primer paso cuando un CD de John Coltrane (Blue Train, para más señas) salió disparado de su estante y su trayectoria apuntó directamente a mi cabeza. Me ladeé como pude y recibí el impacto en el hombro derecho. El CD hizo una pirueta seguida de un picado hacia el techo y antes de llegar a tocarlo hizo un bucle, se equilibró y picó otra vez hacia abajo apuntándome entre ceja y ceja . Me lancé al suelo en plan salida de natación , pero al estar distraído con John Coltrane, no vi venir, casi en vuelo rasante, a Dizzy Gillespie (For musicians only) que impactó justo debajo de mi oreja derecha. Me revolqué por el suelo por táctica defensiva y, más que nada, por el dolor, pero aun así, no puede esquivar el impacto en mi rodilla del kamikaze en que se había convertido John Coltrane. Intenté meterme debajo de la mesa mientras pensaba a toda prisa como encarar la situación. Pero al mirar en dirección a la estantería, vi como varios CDs más, incluido “Love Songs” de Diana Krall (lo que no sé por qué, me sorprendió bastante y me pareció una abyecta traición), se colocaban en formación de ataque en V y describiendo una bonita trayectoria en forma de media luna se aprestaban a atacarme en masa. Me moví un poco hacia mi izquierda y recordé que en la pared de ese lado de la habitación tenía colgada una vieja raqueta de tenis que alguno de mis amigos se había dejado en casa tiempo ha. Salí de debajo de la mesa y me levanté lo más rápido que pude. La maniobra parece que despistó a la formación atacante y me dio unos segundos que fueron suficientes para poder estirar el brazo y descolgar la susodicha raqueta. Una vez tuve el mango de la misma en la mano, mi primera intención fue liarme a raquetazos con los CDs y acabar con aquel raid, pero cuando estaba empezando a hacer un elegante movimineto de revés para acabar con la escuadrilla, por encima de mi cabeza volaron en dirección a los atacantes dos de los vinilos que se encontraban en el estante superior y que posiblemente debido a su tamaño y superior capacidad de daño, pusieron inmediatamente en fuga a los agresores.(Desde que lo oi por primera vez, el doble LP de los conciertos del Fillmore East de Allman Brothers ha sido uno de mis discos favoritos, pero desde ese momento ya no solo son mis ídolos musicales, sino, además, mis héroes) Viendo que desde mi izquierda acudían tambien en mi ayuda un par de libros de Edgar Alan Poe y dándome cuenta de que se producía una especie de impass en la batalla, salté agilmente al centro de la habitación, driblé a Horace Silver y su “Song for my father”, recogí a toda velocidad el portátil y salí a echando leches de la habitación. Cerré la puerta, respiré hondo varias veces y si no hubiera sido por el dolor en el cuello y la rodilla, hubiera pensado que estaba completamente loco.
A día de hoy sigo sin entrar en la habitación, porque cada vez que pongo la mano en el pomo de la puerta para abrirla, empiezan los ruidos y los golpes. He dejado una nota que he metido por debajo de la misma en espera de que firmen el armisticio y prometiéndole a todos que volveré a ser cuidadoso con la colocación y a los CDs que los escucharé en vez de utilizar el MP3.
Espero y deseo que surta efecto para que mi vida (o lo que sea) pueda volver a la normalidad.
Salud.

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•Enero 15, 2009 • Dejar un comentario

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Gasol y Los Lakers

•Febrero 19, 2008 • Dejar un comentario

Escribía hace unos días en otro blog en el que expreso mis opiniones sobre baloncesto y automovilismo que por fin Pau Gasol había caído en un equipo que opta al título de la NBA.

Siempre he sido seguidor de los Lakers, sobre todo en la época del que para mi ha sido el más grande de todos los jugadores: Erwin “Magic” Johnson. Ahora lo seré más si cabe, pues la presencia de Pau en ese equipo hace que mi “cariño” se duplique, por el equipo y por el jugador.

Que triunfará no creo que nadie lo ponga en duda. Además ahora podremos ver a Gasol jugando de verdad en el puesto que más le va: el de 4 (power forward que dicen allí). Algunos que siempre han pensado que no tiene la categoría de otras estrellas de la NBA que juegan en ese puesto, se van a dar cuenta (ya se ha vislumbrado en los partidos que ha jugado) de que al no tener la responsabilidad de coger todos los rebotes y meter todos los puntos, podrá jugar de una manera que para él es más natural. Jugará más abierto y podrá utilizar más a menudo ese magnífico tiro que tiene desde 3/4 metros. Podrá pasar más balones a sus compañeros y estará más fresco para defender más fuerte y mejor. Posiblemente sus estadísticas en el apartado de rebotes bajarán y sus anotaciones no subirán mucho. Pero, sus porcentajes serán mucho mejores, porque la selección de tiro será mejor y porque será, para los contrarios, más difícil defenderlo. Ya se ha visto en estos seis partidos.

Hoy debuta en su cancha, la de más glamour y en la que todos quieren estar. Desde aquí le deseamos lo mejor.

Enhorabuena.

Hace un año … (a carLitros)

•Noviembre 6, 2007 • Dejar un comentario

Tres puntos geográficos: Lanzarote, Nueva York y Murcia. Hace un año yo estaba en Lanzarote, tu en Nueva York y hoy, los dos estamos en Murcia. Ya escribí entonces las sensaciones que tuve durante todo el día. Primero esperando que llegara la hora de la carrera, más tarde esperando con ansiedad los e-mails con los tiempos de paso por los 5, 10, 15, …. kms. Fíjate cómo será, que ayer mientras veía la retransmisión en TV de la carrera, de vez en cuando pensaba que en alguna de las imágenes encontraría la camisa amarilla con el dorsal 8320 y te vería sonriente entre la multitud de corredores.

Fue tu primera maratón y nos sorprendiste a todos con el tiempo que hiciste, pero, y estoy completamente seguro de lo que escribo, aunque en otras carreras hagas mejores tiempos (en Berlín este año ya lo has rebajado) y consigas mejores marcas, nunca volverás a sentir lo mismo. Ya sabes, el primer amor nunca se olvida y con el tiempo su recuerdo se va haciendo más dulce y placentero.

Feliz cumpleaños monstruo.

El cuento de la (mclaren) lechera

•Octubre 22, 2007 • 2 comentarios

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Erase una vez que se era…….. tranlará, larí, loró.

Que en el bosque oscuro y sombrío de Woking, en la nublada Albión, habitaba un señor feudal cuyo nombre: Ron El Terrible, era temido y odiado hasta por alguno de sus vasallos.

Llevaba el hombre ocho años sin llevarse una conquista a la boca, cuando se le ocurrió, después de mucho pensarlo pues a él nunca le gustaron “los latinos” por haraganes y despreocupados, según palabras propias, que si se aliaba con un caballero español llamado Fernando y apellidado Alonso, quizás tendría la oportunidad de recuperar la vieja gloria. Dicho y hecho, la alianza se cerró y llegó el tiempo de las batallas. Mas cuando todos pensaban que el general que comandaría los ejércitos que habían de ser vencedores fuera el caballero español, a Ron El Terrible no se le ocurrió mejor idea que darle aquellos buenos ejércitos que el español había entrenado y pertrechado, a un advenedizo inglés de nombre Lewis y de apellido Hamilton. Tras las primeras escaramuzas y, quizás, para equilibrar la lucha con su archienemigo, el noble italiano Ferrari, repartió el mando entre el ilustre Fernando y el advenedizo Lewis. Así Fernando ganó alguna batalla (con enfado del novel) en la tierra de otro de sus enemigos: el conde de Renault. Henchido por estos triunfos y azuzado por los clanes y voceros ingleses, el pérfido Ron creyó (mal ojo el suyo) que podía ganar la guerra. Prescindió entonces de la sabiduría y experiencia del español para confiar sus tropas de élite al novel inglés, al que Ron había criado desde niño.

Se sucedieron unos cuantos éxitos hasta que el español, harto de ser perjudicado por las insidias del inglés, decidió dejar de entrenar las tropas. Entonces el pérfido Ron culpó a Fernando de traer la desgracia a su castillo acusándolo de ser el causante de que hubieran cogido a sus espías en tierras italianas. Pero en su soberbia no entendía que el doble error era suyo. 1) Mandar espías 2) Mandar a malos espías que se dejaron cazar.

Desde ese momento las tropas de élite del inglés, con grandes dosis de fortuna, empezaron a dar una de cal y otra de arena. Pero aun así, Ron siguió mandando los mejores pertrechos al ejército dirigido por el novato en detrimento del ejército del español.

Y llegó la hora de la batalla definitiva. Los italianos trabajando como un solo hombre se aprestaron a la batalla con las tropas bien armadas y la intendencia bien dispuesta. Los ingleses, por el contrario, con las tropas divididas y desequilibradas y con la intendencia mal dispuesta. La primera escaramuza resultó desigual, pues la élite del inglés, mal dirigida, acabó deshecha en la tierra y sólo la contundente actuación del general español salvó las posibilidades de ganar la guerra. Sin embargo, la soberbia llevó al maquiavélico Ron a encarar la última y definitiva escaramuza con la misma táctica errónea. El advenedizo no supo conducir sus tropas a la victoria y a pesar de que el caballero español luchó magníficamente y se batió como un honorable paladín, no pudo llegar a tiempo al rescate pues su caballería estaba agotada y mal armada.

El pérfido Ron, derrotado, desarmado y vilipendiado, aun intentó, aduciendo ayudas mágicas de otros contendientes, que anularan la victoria del señor de Ferrari. Pero esta vez nadie le creyó.

Moraleja: Más vale bueno conocido que malo y desconocido.

Descansa en paz Ron, te mandaría un buen “Ribera del Duero” para que ahogaras tus penas, pero sería desperdiciar un buen caldo en un mal buche. Además, esta temporada se llevará el “chianti“.

Ciao.

Al gran CarLitros (ahora en Berlín)

•Octubre 20, 2007 • Dejar un comentario

Han pasado unos meses, has cambiado tu residencia de continente y sigues cumpliendo tu sueño de correr maratones.

Esta vez ha sido en Berlín y según me has contado hasta tuviste la oportunidad de saludar al campeón y nuevo recordman mundial de la prueba. Tus expectativas estaban en bajar de las 3h:10′. No pudo ser, pero por poco. Te quedaste en 3h:16′, lo que es seis minutos mejor que el tiempo que hiciste en Nueva York. Todo esto con el agravante de que no has podido entrenar adecuadamente debido a mudanzas de casa, trabajo nuevo y otros pequeños contratiempos. Aun así, bajar esos seis minutos ya es suficiente.

Sigo estando muy orgulloso de ti y de tus constantes deseos de superación. En la próxima que corras seguro que bajarás de las 3 horas.

Te escribo esto unas horas antes de que te embarques en otra media maratón. Seguro que estarás por debajo de 1h;27′. Mañana me contarás.

Animo, y como te dije en NY: ¡A coger el toro por los cuernos!

Te quiero.

Mi perra y yo

•Octubre 20, 2007 • Dejar un comentario

Andaba yo anoche liado intentando subir (¿por qué “subir”. Debería ser “enviar”) mi página web al servidor – ardua tarea, por otro lado, si no lo haces por medio del programa que el “casero” pone a tu disposición -, cuando mi perra, que es muy lista, empezó a refunfuñar. Normalmente cada vez que me siento delante del ordenador se mosquea y protesta, porque sabe que pueden dar “los quiries” y yo sin levantar mis posaderas del asiento. Y claro…, su paseo se va al traste. Pero esta vez me pareció que lo hacía de una manera un tanto irónica, como si se riera de mi. No le di importancia y continué con el galimatías del FTP y demás. Sin embargo, al cabo de un rato me percaté de que no sólo hacía extraños ruidos, sino que además movía su hermosa cola bruscamente en círculos. Esto me extrañó, pues ella se cuida muy mucho de no estropear el magnífico orden del pelo de la misma. Le reconvine su actitud, pues no es de perras bien educadas comportarse así. Pareció surtir efecto durante un momento, pero enseguida volvió a las andadas y ahora, asombrado, vi como no sólo hacía ruidos y movía la cola. También movía la cabeza, se contorsionaba y, de vez en cuando, rodaba sobre si misma. Me volví hacia ella y la miré con cara de presidente del gobierno en medio del debate sobre el estado de la nación. Ni caso. Alarmado, me levanté y fui en busca de las páginas amarillas con la intención de encontrar el teléfono de una clínica veterinaria (qué iluso, mira que querer encontrar algo en esas páginas). Desesperado, y antes de que mi sistema nervioso saltara por los aires, me encaré con ella seriamente, pero, eso si, con cariño (le rogué, le imploré y le ofrecí el oro y el moro). Por un momento pareció calmarse, y ya más tranquilo me dirigí a la mesa del ordenador con la intención de sentarme y seguir con mi batalla contra los FTP, puertos, servidores, contraseñas, etc., cuando, adelantándose a mi y de un salto, se encaramó encima del asiento y puso una pata encima del teclado del ordenador. Intenté detenerla con una estirada al más puro estilo Casillas, pero lo único que conseguí fue darme de narices, mejor dicho, de frente con el filo de la mesa (dos puntos de sutura y un dolor de cabeza tamaño XXL) y ver con la visión un poco nublada por el golpe como se abría una ventana en la pantalla del ordenador que decía: “Sus archivos se han cargado correctamente”. Me froté los ojos intentando aclararme la vista y me cercioré de que el mensaje estaba allí. Me rendí a la evidencia. Había conseguido en un segundo lo que yo llevaba horas intentando. Me miró con ojos chispeantes y yo bajé la cabeza avergonzado. Le prometí que desde ese momento compartiríamos el ordenador. Y así lo hemos hecho. Es más, creo que esto que estás leyendo lo ha escrito ella.

Buenas noches, o días