Mi perra y yo

Andaba yo anoche liado intentando subir (¿por qué “subir”. Debería ser “enviar”) mi página web al servidor – ardua tarea, por otro lado, si no lo haces por medio del programa que el “casero” pone a tu disposición -, cuando mi perra, que es muy lista, empezó a refunfuñar. Normalmente cada vez que me siento delante del ordenador se mosquea y protesta, porque sabe que pueden dar “los quiries” y yo sin levantar mis posaderas del asiento. Y claro…, su paseo se va al traste. Pero esta vez me pareció que lo hacía de una manera un tanto irónica, como si se riera de mi. No le di importancia y continué con el galimatías del FTP y demás. Sin embargo, al cabo de un rato me percaté de que no sólo hacía extraños ruidos, sino que además movía su hermosa cola bruscamente en círculos. Esto me extrañó, pues ella se cuida muy mucho de no estropear el magnífico orden del pelo de la misma. Le reconvine su actitud, pues no es de perras bien educadas comportarse así. Pareció surtir efecto durante un momento, pero enseguida volvió a las andadas y ahora, asombrado, vi como no sólo hacía ruidos y movía la cola. También movía la cabeza, se contorsionaba y, de vez en cuando, rodaba sobre si misma. Me volví hacia ella y la miré con cara de presidente del gobierno en medio del debate sobre el estado de la nación. Ni caso. Alarmado, me levanté y fui en busca de las páginas amarillas con la intención de encontrar el teléfono de una clínica veterinaria (qué iluso, mira que querer encontrar algo en esas páginas). Desesperado, y antes de que mi sistema nervioso saltara por los aires, me encaré con ella seriamente, pero, eso si, con cariño (le rogué, le imploré y le ofrecí el oro y el moro). Por un momento pareció calmarse, y ya más tranquilo me dirigí a la mesa del ordenador con la intención de sentarme y seguir con mi batalla contra los FTP, puertos, servidores, contraseñas, etc., cuando, adelantándose a mi y de un salto, se encaramó encima del asiento y puso una pata encima del teclado del ordenador. Intenté detenerla con una estirada al más puro estilo Casillas, pero lo único que conseguí fue darme de narices, mejor dicho, de frente con el filo de la mesa (dos puntos de sutura y un dolor de cabeza tamaño XXL) y ver con la visión un poco nublada por el golpe como se abría una ventana en la pantalla del ordenador que decía: “Sus archivos se han cargado correctamente”. Me froté los ojos intentando aclararme la vista y me cercioré de que el mensaje estaba allí. Me rendí a la evidencia. Había conseguido en un segundo lo que yo llevaba horas intentando. Me miró con ojos chispeantes y yo bajé la cabeza avergonzado. Le prometí que desde ese momento compartiríamos el ordenador. Y así lo hemos hecho. Es más, creo que esto que estás leyendo lo ha escrito ella.

Buenas noches, o días

~ por Antonio Payán en Octubre 20, 2007.

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