Despertares

Suena el despertador: las 08:30. Lo maldigo y me lo imagino desintegrándose y esparciendo sus pequeños pedacitos por todo el universo. Salto de la cama (es un decir), entro en el cuarto de baño, me resbalo en la bañera y casi me mato. El agua sale ardiendo y no acierto con la mezcla de agua fría hasta pasado un buen rato, para entonces parezco un cangrejito cocido. Acabo de ducharme, me seco y me peino viéndome en el espejo a través de una tupida nube de vapor. Vuelvo al dormitorio y  me visto. En la cocina me preparo un café, lo pruebo, me abraso la lengua. Le pongo leche fría, se me va la mano. Vuelvo a probarlo, está helado. Lo tiro a la pila del fregadero. Recojo el portafolios y salgo de casa. Miro la hora: las 09:15. Maldigo otra vez, voy a perder el autobús. Acelero el paso, suerte que no hay mucha gente por la calle, dato que mi embotado cerebro no procesa correctamente. Por fin llego a la parada del autobús y me sorprendo al ver tan poco personal esperando el mismo. Le comento a una chica que está cerca de mi que hoy no pasaremos agobios para llegar al trabajo. Frunce el ceño, me mira con cara de no entender nada y responde: “Joder, macho, como no va a haber parados si algunos trabajáis hasta los domingos”. Intento decir algo, pero el único sonido que consigo articular es algo así como un ahogado “Ohh”. Procuro disimular, mientras interiormente me llamo de todo. Me tanteo los bolsillos, pongo cara de fastidio y con un hilo de voz, más para mi que para ella, farfullo que se me han olvidado las llaves de casa. Doy media vuelta e intentando que mi paso sea lo suficientemente firme como para no dar mucha pena, desando el camino a casa.

No vuelvo a beber un sábado por la noche.

~ por Antonio Payán en Junio 9, 2009.

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